Comentario a la Carta Apostólica del Papa Francisco, “Desiderio desideravi”

 El Papa Francisco nos regaló en la fiesta de los santos Pedro y Pablo una “Carta Apostólica al Pueblo de Dios, “Desiderio desideravi”, sobre la liturgia, recordando el sentido profundo de la celebración Eucarística surgida del Concilio e invitaba a la formación litúrgica. No se trata de una nueva instrucción ni de un directorio con normas específicas, sino de una meditación para comprender la belleza de la celebración litúrgica y su papel en la evangelización; “una celebración que no evangeliza no es auténtica".

Desde nuestro ser Asunción que habla de Amor a la Iglesia y por el tema que trata nos sentimos doblemente obligadas a hacernos eco de esta Carta. Recordando nuestra Regla de Vida nº 67 en el que se nos dice que “nuestro amor a la liturgia se expresa por el cuidado en su preparación, el tiempo que debemos dedicar y poner nuestras aptitudes al servicio de la alabanza”.

En esa línea, esta Carta sencilla, en la que el Papa Francisco con mucho realismo aborda diversos problemas en torno a la Liturgia, consecuencias del mundo en el que vivimos y las tendencias de nuestra sociedad contrarias a una verdadera vida litúrgica.  

El Papa nos invita a entrar de lleno y percibir todos los aspectos que va desgranando a lo largo de los 65 números.

Destacar los siguientes puntos como principales:

 

  • La importancia de la comunión eclesial en torno al rito surgido de la reforma litúrgica postconciliar.
  • ¿Cómo, entonces, podemos recuperar la capacidad de vivir la acción litúrgica en su plenitud? El problema es ante todo eclesiológico (31). Detrás de las batallas sobre el ritual, en definitiva, se esconden diferentes concepciones de la Iglesia.
  • La fe cristiana es un encuentro con Jesús vivo o no lo es. Y la Liturgia nos garantiza la posibilidad de ese encuentro.
  • Cuidar todos los aspectos de la celebración (el espacio, el tiempo, los gestos, las palabras, los objetos, la vestimenta, el canto, la música, …) y observar todas las rúbricas (23).
  • El asombro por el Misterio Pascual, ante el hecho de que el plan salvífico de Dios se nos haya revelado en la Pascua de Jesús (25).
  • La Liturgia es el don de la Pascua del Señor que, aceptado con docilidad, hace nueva nuestra vida.
  • Necesidad de Formación litúrgica, las reformas en el rito y en el texto no ayudan mucho (34).
  • Una celebración que no evangeliza no es auténtica, como no lo es un anuncio que no lleva al encuentro con el Señor resucitado en la celebración: ambos, pues, sin el testimonio de la caridad, son como un metal que retumba o un címbalo que suena (37).
  • Educar en la comprensión de los símbolos, lo que resulta cada vez más difícil para el hombre moderno. Una forma de hacerlo «es, sin duda, cuidar el arte de la celebración”.
  • El arte de celebrar no se aprende porque uno asista a un curso…, sino que requiere una dedicación diligente a la celebración, dejando que la propia celebración nos transmita su arte (50).
  • Y entre los gestos rituales propios de toda la asamblea, ocupa un lugar de absoluta importancia el silencio, que mueve al arrepentimiento y al deseo de conversión; suscita la escucha de la Palabra y la oración; dispone a la adoración del Cuerpo y la Sangre de Cristo.
  • La forma de vivir la Celebración está condicionada por el modo en que el pastor la preside. Enumera varios modelos de presidencia adecuadas e inadecuadas (57).
  • Y podíamos seguir enumerando otros apartados. Hay citas de Romano Guardini, Santos padres…. Y como si fuera un apéndice aparece un fragmento de la Carta a toda la Orden de S. Francisco de Asís, referido a la celebración Eucarística y su efecto en nosotros. Se encuentra al final de estas líneas.

Concluye con un llamamiento: "abandonemos las polémicas para escuchar juntos lo que el Espíritu dice a la Iglesia, mantengamos la comunión, sigamos asombrándonos por la belleza de la Liturgia” (65).

Sigamos también nosotros esa invitación del Papa para reflexionar, para descubrir la Belleza y la Verdad de la celebración, y que nos dejemos sorprender por el “asombro” de la Pascua de Jesús donde se nos revela el Plan de salvación del Padre.

 

¡Tiemble el hombre todo entero, estremézcase el mundo todo

y exulte el cielo cuando Cristo, el Hijo de Dios vivo,

se encuentra sobre el altar en manos del sacerdote!

¡Oh celsitud admirable y condescendencia asombrosa!

¡Oh sublime humildad, oh humilde sublimidad:

que el Señor del mundo universo, Dios e Hijo de Dios,

se humilla hasta el punto de esconderse,

para nuestra salvación, bajo una pequeña forma de pan!

Mirad, hermanos, la humildad de Dios

y derramad ante Él vuestros corazones;

humillaos también vosotros, para ser enaltecidos por Él.

En conclusión:

nada de vosotros retengáis para vosotros mismos

a fin de enteros os reciba el que todo entero se os entrega.

                                     San Francisco de Asís, Carta a toda la Orden II, 26-29